La táctica para el triunfo

El fútbol es de los futbolistas, pero no siempre ganan los mejores porque también hay otras cosas. Una de ellas reside en el factor táctico, en el desarrollo de sistemas, y es en ese punto donde, a nivel de selecciones, Alemania está cogiendo la delantera a todas las demás. Mientras que España se ha destacado en la producción de talento y en la consolidación de un carácter ganador que le acerca al triunfo en cualquier contexto, los alemanes han puesto el acento en la pizarra como si se tratase de un club ultra organizado en el que tanto niños como adultos trabajan a diario para dibujarse de la misma forma. Una forma que, por supuesto, está dotada de la coherencia que convierte a un equipo en un equipo de verdad.
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La Final Sub-21 se subdividió en tres fases bien diferenciadas. En la primera, que duró 10 minutos, España dejó claro que su calidad es tremebunda. Saltó al campo con una convicción y un derroche de iniciativa que, unidas a la actividad de su as más desequilibrante, Marco Asensio, se tradujo en una presentación de impacto real. Pero ni siquiera durante esta etapa se vio al combinado 100% cómodo, pues incluso desde esos momentos quedó claro que el encuentro iba a ser una pesadilla para los dos interiores de su 4-3-3, Saúl Ñíguez y Dani Ceballos. No entraron en juego ni una vez de cara a la portería contraria; siempre recibían de espaldas con Arnold o Haberer atentos a la presión.
Justo esa superioridad posicional de Haberer y Arnold sobre Saúl y Ceballos comenzó a desnivelar la balanza en favor del colectivo alemán. La pelota cada vez estaba más lejos de Sandro y más cerca de Kepa, y España empezó a verse penalizada por la ausencia de un circuito asociativo que le permitiera salir desde atrás con mayor fluidez. También echó en falta algún especialista que pudiera alzarse como una solución individual que batiera líneas y luego encontrase a los medios de cara al juego –¿Odriozola?-. El caso fue que Ceballos desapareció y Saúl lo intentó pero acumulando pérdidas de balón en lugar de remedios al problema, lo cual dejó al triángulo Meré-Vallejo-Llorente sólo una vía disponible: la banda derecha con la conexión Bellerín-Deulofeu. Y si justo esa sociedad había sido lo más flojo de España a lo largo del torneo, ante una Alemania tan seria no iba a ser la cura. Dar el balón a Héctor y Gerard significaba estrellarse frente a una pared.
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Tras cada robo germano, además, la fluidez de sus posesiones les hacía sobresalir. La claridad de Arnold se veía muy favorecida por una ocupación espacial racional en la que cada hombre tenía dos líneas de pase disponibles, y la pelota volaba. Los movimientos de Gnabry, Meyer y, en especial, el zorro Weiser exigían un despliegue de Llorente que, si bien a menudo sí se producía, no estaba acompañado por un buen hacer de Vallejo y Meré, que anduvieron bastante desordenados y, en el caso del central maño, demasiado precipitado. Cualquier matriz relacionada con el control pertenecía a la selección de Stefan Kuntz.