Una gaseosa mal cerrada

Ayer estuve viendo un rato al Arsenal. No lo hice de manera premeditada y programada porque ni siquiera sabía que jugaba su partido de esta tercera ronda de FA Cup ayer a esas horas. Simplemente llegué a casa, encendí la televisión, vi que estaba jugando ante el histórico Nottingham Forest y decidí sentarme un rato a descansar en el sofá mientras veía terminar el partido. Por mera curiosidad. Así es el Arsenal de 2018. Como una gaseosa mal cerrada que ha perdido su fuerza y que ya no apetece porque presientes que su sabor va a ser desagradable. Una bebida a la que solo recurrirías en caso de extrema necesidad y de no tener ninguna otra alternativa disponible para aliviar la sed. Un equipo que no llama y del que ya no esperas nada extraordinario porque sabes que todo lo bueno que tenía que ofrecer ya lo dio tiempo atrás.
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El caduco proyecto de Arséne Wenger apenas resiste el tirón en la competición liguera. Y si lo hace, es porque pese a todo sigue habiendo equipos peores y con menos posibles que los londinenses, que soltaron el pasado verano la nada despreciable cantidad de 53 millones de euros por el traspaso del francés Alexandre Lacazette. Con todo, el Arsenal es un equipo que ya no puede dominar como antaño. Un equipo al que le cuesta un mundo seguir el fuerte ritmo impuesto por los equipos con aspiraciones europeas, y no digamos ya con respecto al de los hipotéticos candidatos al título. El Arsenal, sexto en la Premier League con un cómodo colchón de cinco puntos con respecto al Burnley, su perseguidor más inmediato, cayó apeado de la FA Cup por un incontestable marcador de cuatro goles a dos. Lo hizo frente a un Forest que lleva años anclado en la mediocridad pero que supo hacer valer su ímpetu en el que a buen seguro fue su gran día de la temporada.
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Es la primera vez que Wenger, que este año cumplirá 69, cae en tercera ronda del torneo copero. Sintomático. Nunca hasta ahora había caído tan pronto en una competición que ha acudido puntualmente al rescate gunner en las últimas campañas y que ha supuesto el único argumento plausible en favor de su continuidad al frente del banquillo de Ashburton Grove. Su imagen en el palco (cumple el primero de tres partidos de sanción por criticar públicamente diversos arbitrajes), hundido, enmascarado tras un rictus impenetrable y cubriéndose la cara con las manos en un gesto de absoluta impotencia definen la situación actual del equipo del norte de Londres. Hay en Inglaterra otros proyectos más frescos, más apetecibles. Otros proyectos que poco a poco van ocupando en nuestros ajenos y lejanos corazones el hueco que tiempo atrás ocupase el refrescante Arsenal de Wenger mientras este languidece inmerso en una decadencia que apunta, por desgracia, a una única solución posible.
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